EL “PICHUCO”. UN BANDONEÓN PARA CELEBRAR EL DIA DE LA SOBERANÍA MUSICAL

Es sabido que el bien más escaso del tango no es el talento sino el bandoneón. Los últimos AA entraron a la Argentina en los años y 40 ya quedan muy pocos disponibles para los futuros músicos tangueros. Muchos están en manos de coleccionistas que ni siquiera pueden arrancar una nota de sus botones nacarados. En Europa se fabrican, sí, pero a un costo que los hace inaccesibles para cualquier joven que quiera iniciarse en el género. Por suerte existe la Universidad de Lanús que está dando los toques finales a un modelo original de bandoneón de estudio, creado por su Departamento de Diseño Industrial. Lo bautizaron “Pichuco” y será un impulso gigantesco para la recuperación de la soberanía musical.

El tango es un pensamiento triste que se baila, definió el magistral Discepolín. Y tiene razón, claro. Alcanza contemplar lo que ocurre en la penumbra de cualquier milonga, sobre el damero, donde los bailarines envueltos por un son dictado por la melancolía, en cada giro parecen resbalar hacia los humedales de su sino, donde algunos recuerdos entierran sus zapatos. Danza ensimismada, contenida emoción, lazo de dos soledades.

Pero el tango también se nos presenta como una posibilidad infinita, según concluyó Leopoldo Marechal tras aquel episodio fantasmagórico y genial de su novela Megafón o la guerra conocido como “la calesita del tango”. Un idea, complementaria de la discepoliana, que nos cabe en su dimensión ontológica y por la esperanza que la inspira.

El tango es de muchas maneras: triste, jodón, atorrante, compañero, bacán, reo, transgresor, querendón, tierno, peleador, que piensa, pero sugiere también, como si hubiera leído a Lacan, que es mejor andar sin pensamiento. Pero eso sí, es siempre voz del mistonguelaje, del sabalaje bravío, de lo que Dios llama el pueblo, que lo baila, lo siente, lo escribe, lo interpreta, lo recrea una y mil veces. Lo ha hecho ayer. Lo hace hoy. Y por las noticias que tenemos, lo hará también mañana.

El tango es tan inherente a la ciudad como relativo a nosotros, tan sangre de nuestra sangre por más que le tiren encima capas y capas de extranjeridad. Anciano entre mil modernidades, eterno entre tanta pasatista fugacidad, prosigue, renace, despunta, amanece. En cada pibe que lo estudia de cara a una partitura; en tanto veterano que lo goza pegado a la radio, en la voz de cualquier aficionado que canturrea con entusiasmo “Por una cabeza” en el palco improvisado de una peña.

Tango, que sin jugar agranda su sombra entre tanto chiquitaje, tango que se achica por no figurar, y sin otorgar, calla entre la cáfila de otarios, porque bulla hacen los gilbertos, los pastenacas, los que no se enteraron de que perdieron el tren. Tango, que rezuma de los adoquines que quedan, de los baches que nunca faltan, de los gorriones que escanden la tarde a trinos, aunque a veces parezca un espejismo de sí mismo. Es que tras el silencio que rodea su davi, hay misas herejes que lo celebran día a día como en eterna primavera.

Por eso, como está en el trasfondo de cada criollo, haya nacido al pie del Famatina o a la vuelta del Obelisco, sigue siendo nuestro mejor recurso para echarle flit a los males del mundo; es la manera de decir presente ayí donde nos llamen, de regresar al “nosotros” con orgullo. Diferentes de otros e iguales bajo su sombra, es el crisol donde se hizo argentina tanta diversidad. Y hasta es nuestro mejor argumento para discutirle a los gringos su prepotencia sin ponerles un dedo encima. Con él nos situamos y reconocemos. Y entendimos qué significa pertenecer, estar, ser. 

Porque hoy, para que el futuro tenga tango y se construya al compás de acordes propios, en la Universidad de Lanús, un equipo de la carrera de Diseño Industrial ha creado un bandoneón de estudio, que reemplace a aquellos Doble A que ningún Alfred Arnold hará más. Para devolverle al tango la herramienta esencial. Para que los pibes tengan con qué y sepan por mano propia quiénes fueron los padres de esta patria musical y para que se multipliquen por Lanús, Temperley, Buenos Aires, Rosario y la Argentina entera los nuevos bandoneonistas que ahora con instrumentos nacionales harán la música que vendrá.

Pichuco lo llaman a este prototipo. ¿Cómo si no? Pichuco: como seguiremos llamando a Aníbal Troilo, el bandoneón mayor del mundo. La rectora de la UNLA, Ana Jaramillo, quiere que el 20 de noviembre cuando fue presentado, sea el Día de la Soberanía Musical. Nosotros también.

¡Viva el tango, y viva la Universidad de Lanús, que asume lo mejor del arte popular como eje de su tarea. Educar en lo nuestro, con lo nuestro, por lo nuestro. Es la idea. Para que el tango siga siendo aquel pensamiento triste que se baila acunado por Discépolo, o esa infinita posibilidad marechaliana, pasaje de ida a la autenticidad.

  1. susanasilviab ha reblogueado esto desde elgatoescaldado
  2. elgatoescaldado ha publicado esto